Del muy disimulado sexismo geriátrico: ser mujer y ser vieja.
No hay por qué negarlo, a la mujer se le han dado muchos privilegios sociales y profesionales en las últimas décadas, sí… Pero, ¿acaso no notamos que, para poder hacer uso completo de esos privilegios, se le exige ser joven, o al menos parecerlo hasta el absurdo?
Aquí varios problemas sociales se han juntado para regalarnos una situación desagradable en el mejor de los casos, cruel en el peor. En primer lugar, vivimos obsesionados por las apariencias. Podrán no ser todo, pero no cabe duda de que son demasiado. No nos damos cuenta de cuánta parte de nuestro éxito profesional puede estar dictado por ellas; para conseguir un buen empleo no hay nada como estar bien vestido (¿en cuántos lados no se lo niegan a la gente fachosa?), ser delgado (¿en cuántos lados no se lo niegan a la gente con sobrepeso?), y un largo etcétera que todos conocemos. En segundo lugar, sí, la discriminación hacia la mujer todavía existe allá afuera. Ahí está, en la forma de empleos y salarios peores, menos participación en la educación, atención a la salud más deficiente. En tercero, la sociedad últimamente tiene más miedo que nunca a envejecer, y también a los ancianos se les discrimina. Así que para las mujeres, con el paso del tiempo la cosa se puede poner fea al juntarse la discriminación de ser mujer con la de ser una mujer vieja: un ser fuertemente discriminado todavía en muchos sectores de la sociedad.
Podría parecer una exageración. Claro, no generalizo y no hago absolutos; todos tenemos familiares y amigos de avanzada edad y de sexo femenino a los que respetamos, queremos, admiramos y que vemos que viven con comodidad y éxito laboral… Además, ¿quién diablos guarda malos recuerdos de su abuelita?
Pero observemos a nuestro alrededor. El mensaje social es otro. La imagen con la que los medios constantemente nos bombardean sin piedad, es otra. La expectativa pública y laboral es otra. Si una mujer de más de cuarenta años va a estar apareciendo constantemente en los medios públicos, ya sea porque es actriz, presidenta, directora de una empresa, diputada, jueza o Miss Universo, más le vale no parecer de más de cuarenta años. Más le vale estar operada de todos los rincones inimaginables, hacer ejercicio como una loca, maquillarse, comer sólo apio y manzanas, lucir fresca, joven, radiante, como de veinticinco… De lo contrario, la mayoría de las críticas se apoyarán en la muleta de “su vejez” para hacerla blanco de todo tipo de burlas. ¿Alguien lo niega?… Es lógico que en una sociedad obsesionada, de manera enfermiza, con la apariencia de la mujer joven, se ridiculice despiadadamente la imagen de la mujer vieja; ésa que habiendo tenido hijos y trabajado para criarlos, ya no es delgada como un palillo ni tiene la piel lisa y radiante de una quinceañera.
En ningún medio se muestra esta discriminación con más crudeza que en el cine, televisión o música popular. En la farándula, pues. Gloria Trevi, Dios mío, es una anciana. Pamela Anderson, qué vieja está, ya de por sí sus cirugías no engañaban a nadie. Tina Turner tuvo que ser salomónica y adaptarse a ser llamada por muchos “la abuela del rock” para seguir teniendo algo de éxito en su “vejez” (cuarenta, poco más). Ya nadie quiere saber de Barbra Streisand ni de Elizabeth Taylor, horror, hechas un guiñapo. Y para allá mismo va Julia Roberts, pensarán otros con tristeza. Se le arrugará su gran sonrisa, le saldrán canas y todo lo tendrá flojo. Compárenlo con la imagen mediática que mantiene, por ejemplo, Harrison Ford. Ninguno de los muchísimos espectadores de Indiana Jones está preguntándose en el cine si Ford, a sus 66 años (¡66!), está tan anciano como las cosas que Indy desentierra en las películas. George Clooney, 47, sigue despertando las pasiones de muchas, pero en cambio Sarah Jessica Parker sí es una anciana indeseable, cero sexy y desagradable a los 43. ¿Entonces?…
Ahora sí que los hombres llevan ventaja. Socialmente, es mucho mejor visto ser un anciano que ser una anciana. Piénsenlo. No se trata de una idea absoluta, desde luego, todos hemos oído a alguien que se burla también de “un ruquillo” que le trató de dar un consejo en la calle o en una escuela. Sin embargo, sigue siendo más difícil que el concepto de “una anciana” nos inspire el mismo respeto que inconscientemente asociamos con el de “un anciano”. Al anciano es más fácil asociarlo con la sabiduría, el mito, la idea antigua que sigue teniendo validez dorada, la experiencia que aconseja y guía. A la anciana, en cambio, con mucha más facilidad se le asocia con la superstición, con el mal cuento para espantar niños (no en balde en nuestro idioma existe la elocuente expresión “cuentos de viejas”, para referirse a la noticia falsa, exagerada y fantasiosa. Ojo, que son cuentos de viejas, no de viejos), o hasta con la brujería: la infame brujería.
Incluso si analizamos nuestro imaginario fantasioso, también, nos daremos cuenta de que los viejos y las viejas deben tener una imagen muy diferente si es que han de inspirarnos algún respeto en nuestras historias. Dentro de las diversísimas mitologías, cuentos y narraciones fantasiosas que la humanidad ha creado, un hombre anciano sí puede ser respetable, sabio, conocedor, un verdadero maestro, en pocas palabras, aunque aparezca arrugado y algo encorvado, canoso y con barba blanca. Ahí tienen a Zeus, al maestro Yoda, al Dios bíblico sin ir más lejos. En cambio, si una mujer de la que se sabe ha vivido numerosas décadas, va a aparecer como un personaje sabio, respetable y digno de ser escuchado, es mejor que sea como Arwen y resulte ser perteneciente a alguna raza que nunca envejece; o que sea un hada de rostro eternamente liso y no tenga que enfrentarse a ningún achaque de la vejez; más vale que tenga en sus manos la pócima de la firmeza perpetua porque de lo contrario se transforma y, sin más trámite, pasa a ser la horrenda bruja de Blancanieves. No, la imagen real de la mujer anciana simplemente no es compatible con aquello que percibimos como admirable. Imagínense a Galadriel arrugadísima, sin dientes, jorobada, con delantal y alguna que otra verruga. A nadie le importará ya que se cargue 3,500 años de experiencia o los que sean, ni tampoco que posea superpoderes capaces de cualquier cosa: simplemente está hecha una piltrafa y, ¿quién quiere asociar eso con algo bueno?… El mundo real funciona más o menos parecido con los ancianos y con las ancianas. Es lamentable que la simple imagen “deteriorada” de una mujer mayor sea un determinante tan fuerte en esa doble discriminación, por sexo y por edad. La experiencia pasa a valer tres pepinos cuando la mujer tiene canas, arrugas o bien, ¡horror!, los senos caídos. No, los años simplemente no les pesan igual a los dos sexos.
Nada como morir joven, como Juana de Arco, si es que una mujer quiere convertirse en heroína. Ella tenía diecinueve.
Parte del problema es que vivimos en una sociedad donde pocas cosas son tan valiosas como la juventud. ¿En dónde quedó aquél respeto que solía tenérsele a la experiencia?… Sorpresa, una cirugía plástica lo desapareció.
Lo de hoy es ser joven, ser un empresario joven, un deportista joven, un jefe joven, un cineasta joven, una cantante joven, un actor joven, no basta con sentirse sino que es imperativo lucir joven. (¿Será tal vez una simple cuestión de oferta y demanda?… En los últimos años ha caído al suelo la tasa de natalidad, ¿será que los jóvenes son más valorados porque, sencillamente, hay menos?…). No es sorprendente entonces, que vivamos en una sociedad con pánico a envejecer, un pánico que se agudiza (y con razón) en las mujeres, que en muchos ámbitos todavía son más valoradas por su belleza que por su capacidad intelectual. Ahí tienen al concurso de Miss Universo, en donde un cerebro es tan valioso como las moscas muertas y lo único que importa es ser la joven más valorada por cómo se ve. Cómo pedirles entonces a las mujeres de a pie que su miedo a envejecer no sea doble, si no solamente hay discriminación a la mujer sino que encima vivimos en un medio social idólatra de la juventud; uno en donde los grandes logros que un individuo puede obtener a pesar de su muy temprana edad, despiertan un endiosamiento con el que no puede ni soñar un individuo que tuvo grandes logros a pesar de su muy avanzada edad. Una en donde las esperanzas de conseguir empleo se evaporan sin dejar rastro a los 40. Las mujeres, por lo tanto, se enfrentan a esa doble presión, ser mujer y ser vieja. Es un cruel, cruel mundo que le quita lo disfrutable a ambas condiciones (que por supuesto, ambas lo son, con todas sus ventajas y sus desventajas). El día que dejemos de estar tan obsesionados con la juventud, con las apariencias y que, llegado el momento nos concentremos un poquito más en lo bien que todos nosotros y todas nosotras hemos vivido nuestros años, el paso del tiempo sería ligeramente menos cruel de lo que, de por sí, ya es.